LAS HERMANAS DE INVIERNO, de JOLAN C. BERTRAND
Antiguamente había dos inviernos: la Hermana Grande y la Hermana Pequeña.
La Grande traía las tempestades, las borrascas, las ventiscas, las noches gélidas en las que ni el fuego ayudaba. Era el invierno duro y brutal, el de las expediciones peligrosas de las que nunca se regresaba, el de las noches en las que los vecinos dormían juntos, acurrucados unos contra otros en el Gran Salón.
La Pequeña era el de los lagos que se congelaban antes de las primeras nevadas y en los que se podía patinar, el de las batallas de bolas de nieve, los descensos en trineo, el mercado y las fiestas de Yule. Era el invierno dulce y leve, el que enrojecía las mejillas y daba excusas para sacar las bufandas bonitas y pasarse el día jugando fuera.
